Escribí Los paraísos que fueron cuando tenía veintiún años. La terminé un 26 de mayo de 1985, sin saber muy bien qué hacer después con ella. No la escribí pensando en publicarla ni en que algún día estaría en manos de otros lectores. La escribí, sencillamente, porque necesitaba hacerlo.
En aquel momento no era consciente de todo lo que este libro contenía. Creía que estaba escribiendo sobre un pueblo, sobre una familia, sobre la infancia y el paso del tiempo. Con los años he entendido que también estaba escribiendo sobre la pérdida, sobre la memoria y sobre la dificultad de aceptar que nada permanece, aunque lo hayamos amado profundamente.
Durante más de cuarenta años esta novela ha permanecido guardada. No por rechazo ni por miedo, sino porque no era su momento. Hay textos que necesitan tiempo para decantarse, para adquirir sentido incluso para quien los escribió. Este ha sido uno de ellos. Volver a leerla ahora ha sido como reencontrarme con una voz que ya no es del todo mía, pero que sigue hablándome con una sinceridad que reconozco.
Betama, el lugar donde transcurre la novela, no existe en los mapas, pero sí en la memoria. Es un pueblo hecho de muchos pueblos, de muchas infancias, de muchas casas que ya no están. Es el escenario donde aprendí —como aprendemos todos— que crecer consiste también en perder, y que recordar es una forma de resistencia.
No es una novela de grandes acontecimientos. Es una novela de cosas pequeñas: una madre, un abuelo, una hermana, un tren que pasa sin detenerse, un paisaje que cambia sin que nos demos cuenta. He intentado contar todo eso desde la verdad de la emoción, sin artificios, dejando que el lenguaje siguiera el ritmo del recuerdo y no el de una narración convencional.
Publicar hoy Los paraísos que fueron es, para mí, cerrar un círculo. No para volver al pasado, sino para mirarlo con la distancia que solo dan los años. Este libro pertenece al tiempo en que fue escrito, pero también —y eso lo decidirá el lector— al tiempo en que se lee.
Si algo deseo es que quien se acerque a estas páginas lo haga sin prisa, dispuesto a escuchar. Porque, al final, todos guardamos algún paraíso que fue y que sigue ahí, esperando ser nombrado.

